miércoles, mayo 16, 2012

Esto ya no se lleva

Hace tiempo que en este blog no me apetece hablar de política. Está la cosa tan mal que prefiero no tener la cabeza como un bombo: viendo las noticias solo logra uno deprimirse. Así que vamos con algo quizá un tanto frívolo: el modelo de galán que vendía el Hollywood clásico y el que se estila ahora.

Ejemplos del protagonista de película romántica a la vieja usanza hay unos cuantos, y solo citaré algunos. Así que perdonen las ausencias. Digamos que para mí responden a un esquema básico. Son por lo general buenas personas, con sus blancos, negros y grises, o incluso pobres diablos, pero responden a una constante: cuando la mujer protagonista se cruza en sus vidas, se mantienen fieles a ella contra viento y marea. Soportan todo tipo de vicisitudes, ya sea por defender a su amada, ya sea porque la susodicha les mete a ellos en una montaña de problemas. Incluso el vagabundo que incorporaba Charles Chaplin, que nunca tenía suerte en amores, responde en parte a este modelo. O, salvando las distancias, el neurótico e inseguro personaje en el que Woody Allen hace de sí mismo. Hasta se diría que son chicas problemáticas y estos señores se han ido a enamorar de quien no debían. Poco importa: la chica vale la pena y cuanto más difícil sea la empresa, mejor. No se rinden, que sería la solución fácil. A veces no les queda otro remedio, ya que es ella la que les arrastra. Algunos gozan de una existencia plácida y sin sobresaltos hasta que el torbellino aparece en forma de mujer. Les descoloca por completo.

Ejemplos como el profesor Bertram Potts de "Bola de fuego", el paleontólogo David Huxley de "La fiera de mi niña" o el desgraciado chupatintas C.C. Baxter de "El Apartamento", con aquel mítico "y menos aún a la señorita Kubelik". Muestra del que llega a los límites para conquistar a su futura esposa y luego complacerla (hacerla feliz) es el protagonista de "El hombre tranquilo". Más cercanos en el tiempo son Paul Varjak, el escritor vecino de Holly Golightly en "Desayuno con diamantes", o el vendedor Roger Willoughby de "Su juego favorito". También tenemos al sufrido esposo y abogado Paul Bratter de "Descalzos por el parque".

Y he ahí el final del modelo clásico. Lo más parecido que recuerde en el cine reciente es el presentador del tiempo Phil Connors de "Atrapado en el tiempo". No responde al estereotipo de los otros citados, ya que es un tipo al principio insensible y sin respeto por los demás, pero a partir de cierto momento decide aprovechar la maldición que ha caído sobre él (condenado a vivir el mismo día una y otra vez) para conocer hasta el último detalle sobre la vida de la chica, y hace cosas como aprender a tocar el piano o a esculpir en hielo, con tal de conquistarla, con lo que acaba redimido y convertido en otra persona. Podría decirse que es una versión perfeccionada de un papel que Bill Murray interpretó cinco años antes, en "Los fantasmas atacan al jefe", una actualización de "Cuento de Navidad".

Ahora ya no. Ahora lo que se lleva es un protagonista masculino, aparte de insultantemente atractivo, golfo, mujeriego e incluso pendenciero, de mal vivir. Un tipo de hombre fuerte e incluso atormentado que hace sufrir a quien tiene al lado. Un "chico malo", un "chico duro" o incluso ambas cosas. Así serían los protagonistas de los filmes "Drive" y "Shame" o de las series "Mad Men" y "Californication". Descanse en paz el galán romántico. ¿Envidia? Probablemente. Sin duda David Duchovny me caía mejor cuando hacía de agente Mulder. Hoy día Paul Newman o Robert Redford tendrían poco que hacer.

domingo, mayo 13, 2012

¿Qué hacer después?

Perder a un ser querido es complicado. Si como el cura que ofició la misa funeral dijo, esta persona era una “profeta de la esperanza y de la alegría”, más aún, porque tal como está el mundo, andamos necesitados de personas optimistas a nuestro alrededor, que siempre tengan para ti una sonrisa y una palabra amable. Si quien se va es una de esas personas, el golpe es mucho mayor. Te pones a pensar que querrías haberle dicho más a menudo cuánto la apreciabas, y haber pasado más tiempo con ella. Pero nunca pudiste imaginar que tu amiga se iba a marchar de repente, sin avisar. Que el destino nos la arrebataría sin darle tiempo siquiera a despedirse.

Y te surge otra incógnita, que queda en la sombra. ¿Qué hacer con el rastro que esa persona ha dejado al fallecer? La hipoteca, la casa, los contratos de luz, agua y gas, la ropa, todas las posesiones materiales... Mucho papeleo, que probablemente solo contribuye a alargar el dolor de forma innecesaria. Pero en nuestros días hay algo llamado redes sociales. ¿Qué hacer si la persona que nos ha dejado tenía perfiles digitales? ¿Hay que anularlos? ¿Cómo? El periodismo malagueño ha perdido en los últimos meses a un periodista del Diario Sur, a una redactora de El Mundo y, ahora, a la persona sobre la que pivota este texto, una presentadora y reportera de Málaga TV. Los tres tenían perfil en Twitter y, a día de hoy, lo conservan. La última, de Facebook. Y en este caso el muro de su página en esta red social se ha convertido en un singular homenaje a su memoria. En un muy particular libro de condolencias, con textos donde sus amigos la recuerdan con cariño, citando anécdotas sobre ella y vivencias compartidas a lo largo de los años por quien pudo disfrutar de su compañía y amistad, así como fotografías. Asimismo, la prensa local le ha dedicado sentidos obituarios y artículos de opinión. Fue generosa hasta el final: sus órganos fueron donados, llegando a cinco receptores. Entre ellos, el corazón, que sigue latiendo. Por tanto, no se ha ido del todo.

Hay diversas opciones sobre qué hacer, podemos verlo aquí o aquí. Me pregunto qué decidirá la familia. Yo, que no soy nadie, propongo que al menos el perfil de Facebook se conserve, para que no olvidemos a esta persona (por más que nunca la olvidaremos aunque el perfil se cerrase) y podamos seguir diciendo cosas bonitas de ella, y compartiendo todo lo bueno que nos dejó, pensando en que, en el cielo o en alguna realidad paralela, las estará leyendo. Y para que quien no la conociera sepa qué buena y genial persona era. Como digo, perder a alguien que transmitía felicidad a su paso es muy duro. No se puede decir que abunden. Alguien podría recopilar las fotos y los mensajes y hacer un libro con ello, quién sabe. Lo que está claro es que todos dejaremos un rastro físico y virtual al abandonar este mundo. La huella del ángel que nos dejó este pasado martes 8 es enorme y, pase lo que pase, imborrable. Un beso, Olga.